lunes, 29 de noviembre de 2010

EL PARQUE DE NOCHE - RELATO

Este relato fue publicado en la revista CUADERNOS DE JAZZ Número 121, con las mágicas ilustraciones de Naiel Ibarrola. Por desgracia se deslizó un error en el título, y salió como EL PARQUE DE LA NOCHE. El título correcto es el que figura aquí, EL PARQUE DE NOCHE. Naiel accedió a cederme las ilustraciones para publicarlas en este blog. Eduardo Hojman





Carlos comenzó a cambiar de manera notable aproximadamente un mes antes de su desaparición. En realidad, esos cambios llevaban más tiempo produciéndose; ya dos meses antes empezaron a aparecer elementos nuevos en su música: acordes extrañamente discordantes, líneas melódicas que se revolvían en torno a un centro esquivo sin resolverse, ritmos entrecortados que parecían golpear a las puertas de algo que se negaba a definirse. Algunos quisieron ver en esos cambios una nueva etapa en la música de Carlos, caracterizada por la exploración, la audacia y el testeo de las fronteras de la armonía. Otros, en cambio, lo consideraron un desvío peligroso de las cosas que le salían bien, de los límites de su propio talento.

A Carlos parecían tenerle sin cuidado las especulaciones. También se había vuelto más retraído, o más distraído. Todas las noches, después de tocar, se acercaba al ventanal grande del bar y se quedaba mirando fijamente la avenida, casi desierta a esas horas, o su propio reflejo en el cristal. Del otro lado de la avenida, interrumpiendo la línea de edificación, está el parque, con sus luces amarillentas rompiendo los bolsones de oscuridad. Más allá apenas se adivina la mole borrosa de un edificio oficial. Sea por las luces amarillas del parque, por los faros móviles y fugaces de los pocos coches que pasan, o por el reflejo cambiante en el vidrio de la actividad dentro del bar (la gente que se empieza a irse, algunas luces que se apagan), en cualquier caso, cuando uno mira el parque de noche siempre se ven unos movimientos difíciles de definir, distintos grupos de personas que caminan juntas, lentamente, cargando bolsas de algo, movimientos que se crean y se esfuman en varios lugares de la plaza, como si la oscuridad cambiara de forma o de lugar. Carlos se quedaba casi inmóvil, mirando. A veces se pasaba la mano por la barba de días y entonces de pronto ese movimiento de su mano en el reflejo del cristal lo sacaba de su ensimismamiento y se daba vuelta y parecía más o menos el mismo de siempre.




Los cambios fueron acentuándose. Siempre había actuado de chaqueta y corbata y meticulosamente afeitado, como un músico de los de antes, y de hecho en una ocasión le había confesado al contrabajista que lo hacía para parecerse al Bill Evans de los primeros tiempos. Era una observación doblemente irónica, referida a dos cosas que se decían de Carlos y que él había aprendido a aceptar con una irritada resignación: una, que su estilo bebía mucho de las fuentes del primer Bill Evans; la otra, que, como Evans, consumía heroína, acusación que finalmente nunca pudo comprobarse. Carlos no llegó a grabar ningún disco como líder, aunque sí participó como acompañante, exigiendo un precio bastante alto y un trato casi principesco, en las grabaciones de dos ex alumnos suyos (el director de una big band y una cantante de standards y tangos). En ninguno de esos casos puede decirse que su estilo se pareciera al de Bill Evans, salvo, quizá, en la sutileza de su enfoque, en la manera en que acariciaba la melodía casi sin tocarla.

Pero más o menos un mes antes de su desaparición Carlos reemplazó su manera de vestirse de toda la vida, su blazer azul, esa camisa celeste y la corbata azul oscura y finita que le daba un aire de preceptor de colegio privado que lo rejuvenecía, por un jean negro, zapatillas negras, camisa negra. Se dejó la barba, que la última vez que alguien lo vio aún no había tenido tiempo de formarse de manera completa, por lo que su cara se convirtió en un paisaje irregular y cambiante. También los ojos, que antes se mantenían siempre brillantes incluso en ese ambiente lleno de humo, empezaron a estar rojos, surcados de venas, rodeados de bolsas y una hinchazón llena de arrugas que le afectaba los pómulos y le redondeaba desagradablemente todo el semblante. Fue entonces cuando las aristas que venían insinuándose en su música empezaron a sonar cada vez más inconexas, como si estuviera persiguiendo miles de ideas a la vez; a sus músicos les costaba cada vez más seguirlo, y en los días previos a su desaparición, sus conciertos, cada vez más vacíos de público, parecían ejercicios en el caos.

A veces Carlos venía al bar de día, pero en los últimos tiempos ya no se acercaba a hablar con los camareros y los otros empleados. En cambio, se sentaba a esperar que el dueño del bar le trajera la recaudación de la noche anterior a una mesa pegada al ventanal, mirando sin cesar al otro lado de la avenida. Cuando el dueño le hablaba, cuando se quejaba de la creciente disminución del público, incluso esa vez que cometió la grave ofensa de mencionarle una crítica negativa firmada por un tipo que, según Carlos siempre decía, era un analfabeto musical y un sordo militante, Carlos mantenía la mirada clavada a la ventana, que de día no refleja nada, sino que revela toda la extensión del parque.





De día el parque no es nada especial. Parece, incluso, más pequeño que de noche, porque al otro lado puede verse con claridad el edificio ministerial, cuya fachada blanca y recargada de adornos y molduras limita de manera contundente y precisa el tamaño del parque. No ocupa más de una manzana, surcada de caminos de ladrillo molido, con bancos duros de piedra y parterres descuidados, limitados por alambrados inútiles. Tiene árboles altos y frondosos que proyectan su sombra prácticamente sobre todo el parque, e incluso en los días más soleados se mantiene oscuro, húmedo y frío. A pesar de que no suele verse gente en el parque, viejos sentados leyendo el diario, por ejemplo, o dando de comer a las palomas, algunos lo cruzan para aprovechar la diagonal. Los que lo hacen parecen cambiar el ritmo involuntariamente, apretando el paso como si quisieran salir rápido de ahí. Igual que otros parques y plazas de la ciudad, tiene todo el aspecto de haber conocido días mejores, incluso de esplendor; sus parterres seguramente habrán tenido flores; en algún momento el mármol de los bancos y las estatuas habrá brillado, sin los raspones y pedazos faltantes que muestra ahora.

La noche que desapareció Carlos dio uno de sus mejores conciertos. Durante la primera mitad avanzó por un terreno seguro, tocando temas que la gente conocía y con los que sus músicos se sentían, sin duda, cómodos. Promediando ese primer set hubo un momento mágico, cuando en una especie de pacto tácito el baterista y el contrabajista lo dejaron solo y Carlos dejó quietas las manos a pocos centímetros de las teclas, durante un instante, y luego, como despidiéndose, destiló una melodía bellísima y antigua, que nadie conocía pero que arrancó lágrimas en parte del público. Fueron unos pocos minutos, y el ingreso, en el final del tema, de los otros músicos fue perfecto en términos musicales pero, de alguna manera, rompió el hechizo. Durante el intervalo Carlos se acercó a la barra a pedir lo de siempre y se le acercó una mujer con los ojos inundados para manifestarle lo conmovida que estaba. Carlos le sonrió, pero no dijo nada.

Carlos terminó su bebida y dio por terminado, también y abruptamente, el intervalo. Les hizo una seña a sus músicos, que todavía descansaban en la barra y, sin esperarlos, se acercó al piano, tiró al suelo las partituras y empezó a tocar una serie de acordes gruesos, percusivos y disonantes que parecían casi violentos. Sin embargo, de alguna manera, todo cuajaba, incluso la dificultad que tuvieron sus acompañantes en entrar en el tema. Era una improvisación libre, casi anárquica, en la que sus dos manos se cruzaban y se disputaban toda la extensión del teclado. En los momentos en que el contrabajista perdía el control de la armonía y decidía, sabiamente, dejar de tocar, la música parecía ascender a toda velocidad y llenar cada rincón del bar. A fuerza de multiplicar golpes y patadas el baterista, con la cara contraída y llena de sudor, acomodaba polirritmos en los espacios que le dejaba libre el piano . Liberados del anclaje del bajo, el piano y la batería se perseguían sin cesar por todo el bar, rebotando con ecos salvajes y ominosos en los azulejos de los baños. El pianista tocaba con una especie de alegría enloquecida que contrarrestaba la tensión y la angustia del baterista y del público. Algunas personas, entre ellas la mujer de antes, abandonaron el local. Las parejas fueron las primeras en irse. En medio de esa música violenta el dueño bajó de su oficina, se sentó en una de las mesas vacías y se quedó mirando fijamente los movimientos bruscos y agresivos de los dedos contra las teclas, que parecían querer hundirlas en la madera, destrozarlas a golpe de hueso y piel rota. En el marfil amarillento empezaron a aparecer gotas de sangre.

Hubo varios momentos en que el baterista pareció flaquear, pero Carlos, que parecía anticiparlo, le clavaba los ojos y, en silencio, lo instaba a seguir, a no aflojar. Hasta que el baterista intentó un cruce excesivamente complicado, un tiempo salvaje e imposible, perdió uno de los palos y dejó de tocar. Carlos abrió la boca dibujando un grito y las líneas de piano, que estaban suspendidas en las notas más agudas, cayeron abruptamente a un acorde grave y continuo, que siguió sonando durante varios segundos.

Carlos se levantó y no dijo nada. Atravesó el camino que se abría entre las mesas como un río, me dedicó una mirada fugaz y se fue por la puerta. Desde donde yo estaba pude ver que cruzaba la avenida sin mirar y se internaba en el parque. Nunca más se supo de él. Todavía sigue allí.

En el bar se creó un silencio como de oídos taponados, un silencio que opacaba y apagaba los ruidos de asombro de la gente, las sillas levantándose, el murmullo que llegaba desde la calle por la puerta abierta. Un silencio que pareció durar varios días, mientras todos se preguntaban qué había pasado y algunos diarios hablaban de la misteriosa desaparición de un oscuro talento de la escena local.

Yo lo pensé mucho y una noche, después de cerrar, sin decirle nada a nadie, junté algunas cosas en una bolsa, me puse un abrigo, y crucé la avenida hacia el parque. Me detuve un momento en el borde y me pareció que la oscuridad de los bolsones interrumpidos por las luces amarillas ondulaba y se hinchaba como una nube. Finalmente, di un suspiro y entré. Ahora estoy aquí.



No hay comentarios.: