martes, 4 de marzo de 2008

EL TENOR ENOJADO


John Coltrane, Interplay – 2007 – Concord Music Group – 5 CD
John Coltrane, The Impulse! Albums Volume One – 2007- Verve Music Group – 5 CD


Al saxofonista John Coltrane se lo ha definido como el músico más influyente en la historia del jazz. Si eso es cierto, no lo es tanto en el sentido de que su manera de tocar o componer creara escuela, sino porque a través de su recorrido Coltrane redefinió el alcance de conceptos como «aceptable», probó hasta dónde llegaba la elasticidad armónica (una de las grandes aportaciones del jazz) e, incluso, puso en cuestión los significados de la belleza y la fealdad en la música. Lo asombroso es que todo esto tuvo lugar en el transcurso de una carrera musical relativamente breve, desde que en 1955, a los 29 años, empezara a ser reconocido como un notable acompañante en grupos de hard bop, hasta 1965, dos años antes de su muerte, cuando grabó Ascension, una suite magna y unitaria donde parecía caber todo en una explosión de ideas simultáneas y hasta contrapuestas.

A pesar de una carrera tan prolífica, a Coltrane se lo reconoce por tres hitos fundamentales: su paso por el quinteto de Miles Davis, con el que grabó A Kind of Blue y muchos otros discos esenciales del jazz; el tema «Giant Steps» del disco homónimo, al día de hoy un desafío armónico al que deben enfrentarse los estudiantes de saxo en cualquier momento de su vida; A Love Supreme, una catedral sonora dedicada a su Dios personal y al mismo tiempo el mejor y más fiel retrato musical de una búsqueda tan dolorosa como gozosa y, quizá, Ascension, cuya escucha misma puede incitar tanto ese dolor como ese goce. Sin embargo, Coltrane grabó tanto y tuvo tantas facetas que quizá la mejor manera de definirlo sea apelar a dos críticas que suscitó su aparición con la banda de Miles Davis en el festival de Newport en 1958. Mientras la revista Down Beat lo llamó un «tenor enojado» que estropeaba la comunicación del resto del grupo, poco más tarde otro crítico acuñó la frase «sábanas [o láminas] de sonido», refiriéndose a la multiplicidad casi simultánea de notas en sus solos, esa especie de búsqueda en mil direcciones distintas.

Dos extraordinarias y flamantes cajas documentan los comienzos de Coltrane. La primera, Interplay, en una lujosa presentación con 5 CD y un libro exhaustivo, incluye todas las presentaciones en las que Coltrane participó como acompañante o colíder entre 1956 y 1958. Junto a figuras esenciales de la década como Mal Waldron, Red Garland, Tommy Flanagan, Hank Mobley, Al Cohn y muchos más, esta caja incluye completos los discos originales Tenor Conclave, Interplay for 2 Trumpets and 2 tenors, Wheelin’ and Dealin’, Dakar, Kenny Burrell and John Coltrane, así como temas de discos de otros líderes. Como otras grabaciones de este período, estas muestran tanto su capacidad para usar el idioma del hard-bop como su interés en dejarlo atrás.

Por otra parte, The Impulse! Albums Vol 1 incluye los discos Africa Brass, Live at the Village Vanguard, Coltrane, Duke Ellington & John Coltrane y Ballads tal y como salieron en su momento, es decir, sin extras, ni nada de lo que aparece en las infinitas reediciones conocidas pero con una calidad de sonido realmente superior que podría justificar su compra. Grabados en un período de poco más de un año, estos discos sorprenden tanto por sus insinuaciones de audacia (con solos agresivos, con temas de 14 ó 16 minutos) como por sus insinuaciones de delicadeza (en Ballads, por ejemplo). En su calidad y en su oportunidad, ambas cajas funcionan como tajadas de una obra que, cada vez más, se antoja inconmensurable.

Publicado en ABCD en febrero de 2008.

miércoles, 2 de enero de 2008

LO MEJOR DEL 2007

Hace veinticinco años Miles Davis grabó On The Corner, uno de sus discos más vanguardistas e incomprendidos, en el que lograba superponer la proverbial rabia rítmica de la negritud más funky a un concepto de improvisación que nada tenía que envidiarle al free. The Complete On The Corner Sessions sería, sin lugar a dudas, el disco más importante del 2007 para cualquiera interesado en el jazz y en sus derivados, si no fuera por la total falta de interés de la filial española de la discográfica por distribuirlo y difundirlo en este país. Una verdadera lástima. Por suerte otra compañía sí distribuyó el bellísimo –en todos los sentidos— cofre The Legendary Prestige Quintet Sessions del Miles Davis Quintet, que incluye los cuatro discos grabados por Davis, Coltrane y otros grandes del jazz en apenas dos sesiones. Hay, también, material inédito, pero lo más impresionante es esa destilación máxima de la belleza, esa abundancia de ideas y melodías disfrazadas de austeridad sonora que se encuentran en estos discos. Si hubiese que elegir un lanzamiento jazzístico del 2007, sería éste.

Los desvaríos discográficos hicieron, también, que uno de los discos más importantes del 2006 apareciera en España en el 2007. Se trata de Sound Grammar de Ornette Coleman, un directo en el que el máximo representante del free demuestra, con aplomo y maestría, que su nombre es sinónimo de vanguardia. Y el multiinstrumentista David Torn trae otra cara de la vanguardia –llena de guiños posmodernos, abierta a todas las influencias, jugando con el rock, el pop y la poesía recitada para generar una música sin centro fijo, sino cargada de puntos equidistantes de interés— en el formidable disco Presenz (ECM). A no perderse el concierto homónimo el 9 de enero en el Mercat de les Flors de Barcelona.

Y, por todo y a pesar de todo, el 2007 trajo muchos discos interesantes que parecen aludir, con sus propuestas y sus cruces, a un esfuerzo explícito por mantener viva la llama del jazz. El trío Medeski, Martin & Wood reclutó al heroico guitarrista James Scofield para Out Louder, una fiesta del exceso rítmico y la alegría descontrolada; Pat Metheny y Brad Mehldau se unieron para hacer uno de los mejores discos del año (Metheny Mehldau) y un segundo no tan bueno (Metheny Mehldau Quartet). Y la Vienna Art Orchestra festejó sus tres décadas de vida con 3, un fascinante CD triple en el que emparejan musicalmente a divas del cine norteamericano con divos del pensamiento europeo. El mensaje parece ser que en este siglo XXI el jazz será cruce, mezcla, híbrido y encrucijada o no será.

Publicado en el ABCD.

domingo, 18 de noviembre de 2007

CUANDO EL JAZZ ES UN POEMA VISUAL


Tan lejos de la estética rígida de la música clásica como del eléctrico y luminoso colorido del rock, el jazz viene acompañado de un imaginario visual propio y particular, representado tanto por elementos obvios y reconocibles -como los ámbitos difuminados y llenos de humo, el brillo apagado y sepia de los bronces y las indiscretas gotas de sudor en las pieles negras- como por una suerte de atmósfera más o menos urbana, una sensualidad (sutil o manifiesta) y la compleja textura de sombras y luces que siempre sugiere el jazz.

Inmensa edición. Desde las insinuantes poses cool de algunas famosas cubiertas, que parecen colocar al intérprete en un lugar de sabiduría difícil que él está dispuesto a transmitir, hasta el ardor concentrado de una banda en plena actuación, las imágenes del jazz siempre dicen más de lo que muestran, remitiendo a un sonido quizás no inmediatamente identificable pero que se deja ubicar con facilidad en un género, en un mundo o en una cultura.En la inmensa (en todos los sentidos del término) edición de Jazz Life que Taschen acaba de distribuir en España, el fotógrafo William Claxton, responsable de muchas de esas prototípicas cubiertas, retrata el jazz, con sus fotografías y con el ingenuo e ingenioso texto (por desgracia no traducido al castellano) del musicólogo alemán Joachim Berendt, como un viaje, tanto literal como metafórico. En 1959 y 1960, Claxton y Berendt emprendieron un recorrido fotográfico e histórico por la ruta del jazz en los Estados Unidos. Eran años fundamentales, con Kind of Blue de Miles Davis sonando en el aire, con John Coltrane, Stan Getz y Bill Evans como las estrellas habituales del firmamento musical. Pero el viaje que aparece retratado en este magnífico, indispensable libro, empieza casi humildemente, en Nueva Orleans, en el jazz que se respira en las calles, en las iglesias, con músicos anónimos, instrumentos baratos, ropas andrajosas, con aquellas proverbiales bandas fúnebres que tocaban adustas marchas en el camino de ida al cementerio y jazz en el camino de vuelta. Si cada foto de este libro es un momento, anclado en las palabras explicativas de Berendt, es también un momento cargado de tiempo, de décadas de historia y de futuros posibles o adivinados. Desde los spirituals al free y la vanguardia, desde Nueva Orleans hasta Memphis, St. Louis, Chicago y Nueva York, pasando por el desgarrador testimonio recogido en la penitenciaría de Angola, Louisiana, fábrica de penas y de blues, estas figuras recorren también el lado duro del jazz, el de los orígenes, las postergaciones. El glamour de un Stan Getz en la puerta de un club, la maravillosa imagen de Bill Evans prácticamente absorbido por su piano, conviven con la lucha cuesta arriba de Art Pepper contra las drogas, con la cara desalentadora de un Chet Baker sin dientes, o, en una imagen extrañamente melancólica, con la silueta anónima de un marinero saxofonista en la puerta del Village Vanguard neoyorquino.

Una mirada dedicada. Con sus casi setecientas páginas, su CD con música compilada en el mismo recorrido que hicieron los autores, sus muchos kilos de peso (el libro viene con una práctica carpeta de cartón para su transporte), Jazz Life no es un libro de fácil manejo, lo que tal vez, en el fondo, sea parte de su atractivo. Sus páginas no pueden abrirse de manera casual ni hojearse rápidamente, como al pasar. Este libro-objeto perfecto -del que también hay una especialísima edición limitada de lujo para coleccionistas, con cubierta de tela y fotos autografiadas- exige de su lector una mirada y una lectura dedicada, un momento de concentración casi absoluta que permita sumergirse en algunos de sus secretos.

martes, 25 de septiembre de 2007

EL ARTE DE ROMPER EL TIEMPO


La música es un arte del tiempo. Puede texturarse, adensarse, llenarse de capas y colores como forma de negar ese avance lineal, continuo e irrepetible. Quizá era eso lo que buscaban los clásicos europeos, y quizá los africanos siempre supieron que eso era imposible. Los grandes bateristas de jazz, los maestros de los ritmos, fueron aquellos que supieron hacer suyo ese avance, jugar con él como si fuera la herramienta de un prestidigitador. En 1979, Roach fundó un grupo de percusionistas llamado M’Boom cuyo primer disco homónimo es, además de una maravilla, una ilustración perfecta de lo que se puede hacer con el tiempo, jugando y pervirtiendo valores establecidos y pétreos como la simultaneidad, el silencio, los espacios y el ritmo. Ese disco bastaría para dar dimensión al tremendo agujero que acaba de crearse en la música con la ida de Roach.

Pero hay más. La historia dice que cuando los jóvenes subversivos de Dizzy Gillespie y Charlie Parker estaban preparando esa bomba llamada be bop, fue Max Roach el que sustentó todos los ataques modificando la manera de plantear el pulso del jazz, creando, junto a otro revolucionario de la batería como Kenny Clarke, una textura mucho más ligera, aguda y feroz que le dio al bebop la fuerza de su expansión rítmica, precisamente su característica más llamativa e hiriente. En esa nueva y velocísima aventura, Max Roach se las ingenió para subdividir los segundos y llenarlos de sentido, rompiendo estructuras con toques sutiles y poderosos. En 1949 fue uno de los parteros del Birth of the Cool de Miles Davis. En 1953, coprotagonizó con Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Bud Powell y Charlie Mingus el concierto y posterior disco Jazz At Massey Hall, uno de los momentos más oscuros, más enloquecidos y fundamentales del jazz. Compuso piezas políticas y orquestales como We Insist: Freedom Now Suite y llegó a interrumpir un concierto de Miles Davis que estaba auspiciado por una institución africana que a él le parecía sospechosa. En 1962 participó de la joya Money Jungle con Duke Ellington y Charlie Mingus, y sus dúos con el trompetista Clifford Brown son discos seminales del hard bop. Todos estos discos bastarían para el pedestal al más grande batería, pero hubo más, siempre hubo más. Música para películas, sinfonías, exploraciones con vanguardia, hasta con el rap. Cuando alguien definió el be bop como un estallido rítmico estaba pensando en Max Roach. Nadie como él supo hacer un arte de la ruptura imposible del tiempo. Murió hace pocos días, el 16 de agosto, y desde entonces hay tambores en silencio.